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El Malecón Habanero: Cofradía entre peces y pescadores

 


Por Néstor Rius Martínez

Servicio Especial para Pesca Marina desde La Habana, Cuba
 

El malecón habanero: cofradía entre peces y pescadores

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De regreso a casa, tarde en la noche, o con las primeras luces del día, los podrás ver. Siempre marchan en sentido contrario a tus pasos. Son ellos, los pescadores.   

Ensimismados, andan soñando con el magnífico pez, ese que todo "cazador" marino de litoral añora a diario atrapar en las cálidas aguas que bañan las costas de una isla.

Las escenas transcurren en un sitio muy especial, se trata del hermoso malecón de La Habana -ubicado en el antillano archipiélago cubano-, donde un largo muro de una veintena de kilómetros separa al azul intenso del mar de una autopista que te lleva de este a oeste, o viceversa, de la capital caribeña.

Entre románticas parejas, jóvenes estudiantes, vendedores ambulantes del delicioso maní (cacahuate) y de otras golosinas, bañistas improvisados que  mitigan el calor del trópico o músicos nocturnos, que como antiguos  juglares  pueden tocar con sus guitarras desde un vals hasta magníficos boleros, permanecen allí, entre las rocas, de pie y pacientes, innumerables pescadores aficionados.   

O se pierden en el horizonte, embarcados en "cámaras" (balsas) inflables,  de las que se emplean en ruedas de tractores, por ser las más grandes, las  que más flotan, y con las cuales alcanzan el primer veril.

Ante la escasez de recursos para desarrollar idóneamente este arte, en un país económicamente bloqueado, cualquier visitante puede encontrar las más inverosímiles innovaciones para la pesca de litoral, las cuales para los nacionales comienzan a ser naturales.   

Desde un niño usando algún improvisado hilo de nylon -de lo que antes fuera una madeja industrial para fregar la loza-, hasta la carnada más increíble que la imaginación haya amasado para atrapar a un pez.  

La espléndida bahía de bolsa que formó caprichosamente la madre Natura en este sitio de ensueño, y que atrajo a los fundadores españoles de la ciudad, vuelve a llamar a su morada acuática a las especies marinas que a causa de la contaminación ambiental provocada por el hombre, armaron maletas de coral y marcharon hacia otras aguas. Y ellos lo saben.

Gracias al esfuerzo gubernamental desplegado por sanearla, comienzan a retornar en mayor número y variedad. Aunque no es cosa de un día, ni de meses, y ahora se requerirán años para eliminar el daño iniciado un día por el hombre.   

En tanto ello ocurre, el sábalo, ese astuto pez, ya no se campea por su respeto en la bahía y sus aguas exteriores, acostumbrado a vivir entre el petróleo vertido, los barcos y la podredumbre que genera el descuido de unos, le abre paso nuevamente al pargo, al ronco, a la rabirrubia y a la picúa, entre otras especies.

Y este retorno convierte a la rada capitalina en una tentación para estos hombres, dado que la pesca se practica dentro de la propia bahía, y a lo largo del muro del Malecón.   

Resulta extraordinario que a cualquier hora que recorramos esta franja costera, encontremos a los persistentes obreros de la vara y el carrete en la mano, como pétreas estatuas.   

Y no de sal precisamente, son de carne y hueso, y permanecen bajo el intenso sol o en la fría noche sobre el muro o los arrecifes que bañan las aguas del mar, en franca faena por arrancar de la casa de Neptuno, dígase ya el sustento del día, un manjar caprichoso a degustar, o tan solo probándose a sí mismos que la astucia superior que poseen difiere en gran medida de la de sus "enemigos", los incautos peces.

Aunque no siempre logran ganar. A veces los vemos regresar, solos, con las varas al hombro. Pero en los morrales, ni sombra de peces. Y la burla entonces de los escualos al hombre.

Parecen guerreros marinos vencidos regresando a puerto, maltrechos por el instinto de sus adversarios, que para nada quisieron morder el traicionero anzuelo.   

La pesca en el malecón habanero es uno de los espectáculos más formidables que podamos encontrar en la capital de Cuba, y como toda estrategia, logra  sorprendernos por el hecho de que el pez y el hombre han "firmado" un pacto de caballeros.   

El primero solo se dejará atrapar, en la medida que el segundo sea capaz de emplear, en extremo, su imaginación. Así viven, en eterna cofradía, pero en callada rivalidad también, mediando entre ellos solamente un histórico arrecife llamado "diente de perro", así como el romántico y sólido muro de concreto del Malecón habanero.  

 

(Gracias a la edición realizada por Zenaida Aldama Rodríguez)

Contactos con el autor: nrius_cu@yahoo.com