De regreso a casa, tarde en la noche, o con las primeras luces del día,
los podrás ver. Siempre marchan en sentido contrario a tus pasos. Son
ellos, los pescadores.
Ensimismados, andan soñando con
el magnífico pez, ese que todo "cazador" marino de litoral añora a diario
atrapar en las cálidas aguas que bañan las costas de una isla.
Las escenas transcurren en un
sitio muy especial, se trata del hermoso malecón de La Habana -ubicado en
el antillano archipiélago cubano-, donde un largo muro de una veintena de
kilómetros separa al azul intenso del mar de una autopista que te lleva de
este a oeste, o viceversa, de la capital caribeña.
Entre románticas parejas,
jóvenes estudiantes, vendedores ambulantes del delicioso maní (cacahuate)
y de otras golosinas, bañistas improvisados que mitigan el calor del
trópico o músicos nocturnos, que como antiguos juglares pueden tocar con
sus guitarras desde un vals hasta magníficos boleros, permanecen allí,
entre las rocas, de pie y pacientes, innumerables pescadores aficionados.
O se pierden en el horizonte,
embarcados en "cámaras" (balsas) inflables, de las que se emplean en
ruedas de tractores, por ser las más grandes, las que más flotan, y con
las cuales alcanzan el primer veril.
Ante la escasez de recursos
para desarrollar idóneamente este arte, en un país económicamente
bloqueado, cualquier visitante puede encontrar las más inverosímiles
innovaciones para la pesca de litoral, las cuales para los nacionales
comienzan a ser naturales.
Desde un niño usando algún
improvisado hilo de nylon -de lo que antes fuera una madeja industrial
para fregar la loza-, hasta la carnada más increíble que la imaginación
haya amasado para atrapar a un pez.
La espléndida bahía de bolsa
que formó caprichosamente la madre Natura en este sitio de ensueño, y que
atrajo a los fundadores españoles de la ciudad, vuelve a llamar a su
morada acuática a las especies marinas que a causa de la contaminación
ambiental provocada por el hombre, armaron maletas de coral y marcharon
hacia otras aguas. Y ellos lo saben.
Gracias al esfuerzo
gubernamental desplegado por sanearla, comienzan a retornar en mayor
número y variedad. Aunque no es cosa de un día, ni de meses, y ahora se
requerirán años para eliminar el daño iniciado un día por el hombre.
En tanto ello ocurre, el
sábalo, ese astuto pez, ya no se campea por su respeto en la bahía y sus
aguas exteriores, acostumbrado a vivir entre el petróleo vertido, los
barcos y la podredumbre que genera el descuido de unos, le abre paso
nuevamente al pargo, al ronco, a la rabirrubia y a la picúa, entre otras
especies.
Y este retorno convierte a la
rada capitalina en una tentación para estos hombres, dado que la pesca se
practica dentro de la propia bahía, y a lo largo del muro del Malecón.
Resulta extraordinario que a
cualquier hora que recorramos esta franja costera, encontremos a los
persistentes obreros de la vara y el carrete en la mano, como pétreas
estatuas.
Y no de sal precisamente, son
de carne y hueso, y permanecen bajo el intenso sol o en la fría noche
sobre el muro o los arrecifes que bañan las aguas del mar, en franca faena
por arrancar de la casa de Neptuno, dígase ya el sustento del día, un
manjar caprichoso a degustar, o tan solo probándose a sí mismos que la
astucia superior que poseen difiere en gran medida de la de sus
"enemigos", los incautos peces.
Aunque no siempre logran ganar.
A veces los vemos regresar, solos, con las varas al hombro. Pero en los
morrales, ni sombra de peces. Y la burla entonces de los escualos al
hombre.
Parecen guerreros marinos
vencidos regresando a puerto, maltrechos por el instinto de sus
adversarios, que para nada quisieron morder el traicionero anzuelo.
La pesca en el malecón habanero
es uno de los espectáculos más formidables que podamos encontrar en la
capital de Cuba, y como toda estrategia, logra sorprendernos por el hecho
de que el pez y el hombre han "firmado" un pacto de caballeros.
El primero solo se dejará
atrapar, en la medida que el segundo sea capaz de emplear, en extremo, su
imaginación. Así viven, en eterna cofradía, pero en callada rivalidad
también, mediando entre ellos solamente un histórico arrecife llamado
"diente de perro", así como el romántico y sólido muro de concreto del
Malecón habanero.
(Gracias a la edición realizada
por Zenaida Aldama Rodríguez)
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